lunes, mayo 08, 2006

Lunes...

Ana está en la oficina y más aburrida que una mona. Por que se está dedicando a temas administrativos que son un auténtico coñazo, pero como encima va con retraso, pues no puede escaquearse más de lo debido.

Ana se replantea el tema de la eutanasia por que acaba de leer en el periódico el caso de Jorge, un chico pentapléjico que se ha suicidado este fin de semana. Que obsesión con vivir, con vivir a cualquier precio, con vivir hasta en contra de la voluntad del individuo, con vivir, incluso, cuando no se es ya más individuo, si no una carcasa vacía de temperamento, movida por máquinas que laten y respiran y te alimentan y te humedecen los ojos huérfanos de parpadeos y el hueco oscuro de tu garganta. A Ana le da mucho miedo la idea de la muerte. No puede evitarlo, se le contraen las entrañas cada vez que se plantea el… fin. Pero no sabe si podría sobrevivir a costa de los demás, no poder volver a sentir en condiciones, muerta por fuera pero viva por dentro y llorando sin lágrimas por un fin que no llega.

No deja de ser curioso que Ana volviera a sentir este miedo el pasado jueves, durante el estreno de una obra de teatro, en la que un personaje se plantea la muerte suya y de sus padres. Y otros miedos distintos al reconocer una historia más cercana de lo esperado, descubriendo, quizás, esos “Sentimientos Ocultos”.

Y sin embargo… una conversación temprana esta mañana hizo comenzar el día más dulcemente, recordando el primer momento, los primeros días… Las ganas de irme a la cama contigo, sentir tus palmas rozándome, sujetándome por la cintura, tus primeros besos que duraban días y se acababan tan pronto que siempre quería un poquito más, aconsejando que nunca es demasiado pronto para disfrutarlo, sin plantearse futuros hipotéticos que nos puedan hacer perdernos un mediodía perezoso en una cama con las sábanas revueltas.